Y estoy sólo yo.
Nadie más que conozca. Llevo a mis espaldas esa mochile que tanto ya me a acompañado, y de fondo una de esas canciones profundas, con un poco de pena en la melodía. Se siente como la mente expandida, tan ancha pero tan lejos de aquello que se ama. A veces una parte de viajar es, mirar atrás con esa amplitud, apenarse y sonreir, decidir y admirar.
Un largo camino, la carretera del norte. Como película gringa, bluejeans rotos, piñen por todos lados, calor, ganas de volver pero sin querer volver. O en el sur, entre el verde húmedo y el mar, inmenso. De nuevo, como una toma en perspectiva, tocando una puerta donde extraños, buscar comida y descanso de aquel único día en el que se vive. No hay teléfono, no hay hora, ni nadie que esté a la espera. La soledad del que busca aquello que nadie más le entiende.
Escapando a un recuerdo real sería estar sentada en la cabina del barco. Mirar por la ventanilla y afuera ese azul que de luz no es más que blanco. O color de luz. Era demasiada luz. En el alféizar un cuaderno forrado en una imitación de seda, morada, bordada. Mi fiel lápiz, el marcador y una cerveza para amenisar el encuentro, con misma. 7 días en el norte del mundo, hoy estoy en el sur.
sábado, 14 de noviembre de 2009
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